Luego de un
tiempo logré hacerme de un pedazo de tierra para poder volver a sembrar en una
apasionada apuesta de soberanía alimentaria, mis propias frutas y hortalizas.
La primera
cosecha fue realmente buena, sobre todo la de tomates; los cuatro meses de
espera y cuidados dieron sus frutos y ver aquellos tomates de buen tamaño,
color y sabor, justificaban las horas invertidas en riegos, combate natural a
las alimañas y los cuidados de los plantines contra el frío.
Nada mejor
que agasajar a familiares y amigos con parte de aquella producción donde los
tomates, por lejos, en una fresca comida, era el centro de atención.
Pero no hay
almuerzo uruguayo donde el debate no tenga su lugar en la mesa.
Mientras la
mayoría de los comensales, con sana envidia, destacaban las virtudes del rojo
fruto, el placer y la seguridad de comer lo que uno mismo produce, las ventajas
económicas de no pagar sobreprecios, la paciencia terapéutica del proceso de plantación
y contemplar la magia de la naturaleza contemplando el proceso desde la semilla
hasta el fruto, el “convidado de piedra” , expuso con racional saña, que él
prefería aprovechar los cuatro meses de trabajo y espera a otras actividades, y
adquirir los tomates en alguna feria o comercio.
La sutil dependencia
El debate
central de sobremesa era entre ser dependiente o soberano; yo y mis amigos
veníamos “aleccionando” al “aguafiestas” con sesudas razones de agroecología
entre otras, hasta que una vez más, haciendo gala de su inocultable pragmatismo,
preguntó por el origen de las semillas.
Ante la
mirada del resto de los comensales, me apresuré a informar que parte de las
semillas de los tomates de mi primera cosecha, iban a ser guardadas y usadas en
la próxima siembra.
Con su
mejor sonrisa adornada de sorna, planteó sus dudas sobre que esas semillas
pudieran ser utilizadas, y señaló mi “vergonzoso” acto de sumisión al adquirir
las semillas en oferta, producidas por una multinacional.
La política
imperialista estadounidense en América Latina no se forjó solo al uso de la
fuerza; se fue forjando materialmente al tener la capacidad de producir bienes
materiales y de servicios, allí donde nuestros pueblos y sus fuerzas
productivas no podían hacerlo, o lo hacían de menor calidad.
Desplazó
muchas de las mercancías de origen europeo, y revolucionó con dos de sus productos
principales nuestras sociedades.
La
industria del automóvil y la vertiginosa producción de cine y televisión, empezaron
a generar la matriz estadounidense.
Familias de
clases altas y medias domingueaban en sus vehículos Ford, pero también Ford era
la maquinaria agrícola que mecanizaba la producción agrícola.
Y junto con
el producto, el control de la venta de suministros y repuestos.
Mencionar esto
es un simple ejercicio de dimensionar lo ya sabido, nuestra históricas raíces
coloniales y subdesarrolladas, algo que puede parecer de perogrullo para los
expertos en economía, pero que adquiere una singular y actualizada importancia
en el plano cultural.
Porque el imperialismo
no solo naturalizó (naturalizamos) nuestra dependencia de sus productos tecnológicos,
sino que amplió su campo de sometimiento a las artes, el entretenimiento, la
gastronomía, y sembró un terreno fértil con sus verdes dólares.
La búsqueda
de un camino alternativo a la dependencia estadounidense, era acceder a la
diversificación de los “made in”, de ser posibles con precios más amigables,
como los de manufactura china, y algún rapto de matiz ideológica, adquirir
productos de origen soviético o rusos en la actualidad, o nuevamente, de fabricación
europea, preferiblemente de los países donde gobernaba el Estado de Bienestar,
o cualquiera, con tal no fuera yanqui.
Fueron
pocos países los que lograron obtener sus propias “semillas”; asediados en la
defensa de sus recursos naturales de la voracidad imperialista, con escaso
desarrollo de sus fuerzas económicas nacionales, e integrando en general en
inferioridad de condiciones los organismos internacionales de comercio, algunos
países lograron y logran hacer gala de la producción de determinados productos con
“sello nacional”.
Empresas
estatales gestionaron y gestionan sus recursos energéticos y sus capacidades en
las áreas de las comunicaciones, las finanzas, parte del transporte y otros
bienes de servicio.
Cosecha post 3E
El ataque militar contra Venezuela el 3 de enero (3E), demostró que al menos durante la administración de Donald Trump (y no es de esperar muchos cambios en futuras administraciones en la Casablanca con una crisis energética en su puerta), con la dependencia económica, cultural y de servicios, al imperialismo gringo no le alcanza.
El
bombardeo sobre Caracas y el secuestro de sus mandatarios dejaron como una casa
en obra, un polvo que aún está suspendido en el aire y no permite visualizar
claramente la situación, mientras se sigue diseñando los pasos de la
construcción.
Venezuela
posee las mayores reservas de petróleo del planeta, pero no tiene como sacarlo,
y dejarlo, solo es para que se pegue en la suela del calzado al caminar sobre
él, como ocurre en algunas zonas.
Años de bloqueo
han arruinado el potencial de su maquinaria soberana y habilitar la participación
privada y extranjera es una apuesta a poner a rodar un recurso que puede redundar
en la mejora de su economía.
A la luz de
la experiencia en la región sobre los riesgos corridos en la entrega de los
Medios de Producción a capitales foráneos, (como demostró el boom sojero al
capital le interesa apropiarse de la producción más que de la propiedad de la tierra),
la reforma parcial a la Ley de Hidrocarburos en Venezuela, correría el riesgo
de ser letra muerta, muralla de papel franqueable, sino fuera por la cultura de
soberanía nacional que reside en su población, pero sobre todo en sus fuerzas
armadas.
Tomate verde frito
Qué culpa tiene el tomate
que está tranquilo en la mata
y viene un hijo de puta
y lo mete en una lata
y lo manda pa' Caracas.
Estrofa de
la “Hierba de los caminos”; nunca entendí esta alusión con la capital
venezolana de los republicanos españoles, pero en todo caso este fue el
disparador de este artículo.

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