Las derrotas de
los movimientos revolucionarios de los 70, estratégicamente militares y
momentáneamente políticos, fueron derivando paulatinamente a algunos dirigentes,
como aquél “Adiós a las armas”, diciendo
adiós al poder, o mejor expresado, renunciando a la transformación de la
estructura del Poder de la sociedad capitalista, y de la condición colonizada
de los países de Latinoamérica y el Caribe.
Las dictaduras
cívicos militares que fueron la respuesta represiva a los movimientos
insurgentes, pero fundamentalmente la aplicación de un método fascista de
instalación de un programa neoliberal, crearon las condiciones para que la
resolución política de las contradicciones entre Imperio – Nación y Capital –
Trabajo, se resolviera por el margen institucional que dejaban las
democracias burguesas, y la vía electoral, se convirtiera en el único
horizonte, ese que permite obtener mayor representación en los parlamentos y,
en contadas ocasiones, ganar el gobierno nacional.
A éste escenario,
se sumaban las “novedades” de movimientos políticos, que en unos casos,
triunfaban electoralmente luego de un proceso de movilización de masas, como la
Bolivia de Evo o el Ecuador de Rafael Correa, y en el otro extremo, el EZLN cuyo
levantamiento militar no se planteó la toma del Poder Político Federal
mexicano, y se abocó al desarrollo de un poder autónomo local.
La otra novedad, en una lectura superficial de
la historia de los varios de los países latinoamericanos, era el triunfo por la
vía electoral, de ex guerrilleros: Mujica en Uruguay, Dilma en Brasil, Cristina
Fernández en Argentina, Petro en Colombia, Ortega en Nicaragua, Funes en el
Salvador, etc.
Decimos lectura
superficial, porque a principios del siglo 20, en muchos de los países
mencionados, varios dirigentes de movimientos alzados, llegaron por la vía
electoral a la Presidencia, por ejemplo José Batlle en Uruguay, es decir, que
el relato de la derecha política, del triunfo de los arrepentidos de la vía armada, no es una novedad del siglo XXI.
La otra novedad en más de un sentido, fue la
revolución bolivariana; impactó que en pleno auge del neoliberalismo en el
continente, en 1989 se produjera el Caracazo, una insurrección popular como las
ocurridas en los 70 en el sur (el Cordobazo), y el proceso siguiera con el
primer intento de golpe de estado liderado por Hugo Chávez en el 92, y la
instalación de un proceso de construcción de un “socialismo del siglo 21”, una
transformación de los vínculos de poder que descentralizaba poder político al
pueblo, manteniendo la burguesía nacional y empresas extrajeras su espacio de
dominio.
Las patas y la telaraña del Poder
Quizás, quienes
lideraban los movimientos revolucionarios de los 70, pecaron de cierto
esquematismo.
Los debates se
centraban en cómo se desarrollaba un proceso de transformación de la sociedad y
la toma de poder, a la luz de las revoluciones hechas (desde la rusa hasta la
vietnamita), y se partía de la base, que el poder se sustentaba en tres patas:
la política, la económica y la militar, siendo ésta última la que había que
vencer para hacerse de la política y con ella, transformar las relaciones
económicas.
La revolución
cubana había triunfado y venia resistiendo un asedio del imperialismo con su
bloqueo y sus distintas aventuras de invasión y sabotaje, pero en Cuba se
libraba la lucha antimperialista, y se caminaba en la construcción del
socialismo, todo eso, brindando además solidaridad internacional a los pueblos
del tercer mundo.
La revolución
nicaragüense, fue el ejemplo de que el Poder, ya no se sustentaba en las
clásicas tres patas: el Poder iba tejiendo una telaraña que fortalecía su
centro de acción fuera de fronteras para impactar militar, económica y
políticamente dentro del país, generando un humor social, que llevó al retorno
de los sectores que representaban los intereses de la oligarquía, en una contienda
electoral donde triunfó Violeta Chamorro, derrotando al FSLN.
Este escenario lo
entendió la dirigencia del FMLN en el Salvador, que comprendió las limitaciones
de tomar el Poder en un país devastado.
El proceso de
globalización, empezó a perfilar un nuevo mapa de Poder; el económico se
convirtió en un poder de mayor impacto que el militar, de la mano de un
desarrollo tecnológico que permitía el control a distancia de empresas
multinacionales en sus filiales locales, en la industria, la producción
agrícola y fuertemente en el sistema financiero.
La enorme mayoría
de las burguesías nacionales se convirtieron en gerentes de las
multinacionales, y desaparecieron las economías nacionales con capacidad de un
desarrollo autónomo.
El cambio de
estrategia impulsado desde la Casa Blanca de la Doctrina de la Seguridad
Nacional cambio el rol de las fuerzas armadas locales, que dejaban de operar
como ejércitos de ocupación en sus propios países, y la derrota militar de los
grupos insurgentes, con su trágico y enorme saldo de asesinados, detenidos
desaparecidos, torturados y exiliados, fue un escarmiento que no animaba a
nuevos ensayos, para la resolución de los antagonismos de la vigente lucha de
clases.
En el gran festín
de la democracia burguesa, todos tenían su silla en la mesa, aunque el menú, lo
siguiera definiendo el imperialismo; dirigentes de la izquierda que adoptaban
modales progresistas, marxistas transformados en socialdemócratas, y a la hora
de los postres, la canalización de las resistencias sociales, absorbidas por
algún que otra ley que las bancadas de izquierda lograban sean aprobadas, o
gobiernos que recogían su demanda, a cambio de No seguir movilizándose.
Los movimientos
sociales, eran los únicos que no se sentaban a la mesa, pero no lograban una
síntesis política, que se siguiera planteando, la transformación del sistema.
Solamente Cuba,
Bolivia, y Venezuela, en el continente, seguían demostrando que los dioses, también sangran, y mueren.
La foto
El relato desde
los sectores de poder y traducido por los progresismos acompañó este proceso.
Una foto instantánea que cortaba la trazabilidad histórica, y en la magia de la
síntesis de las nuevas tecnologías de la comunicación, todo parecía nacer por
generación espontánea.
Para muchísima
gente, Pepe Mujica era un dirigente de confianza y de buenas ideas, que estuvo
doce años como rehén de la dictadura; el relato de la épica de su pasado
guerrillero (que fue lo que lo llevo a ser rehén), se fue tornando casi, en un
relato superficial, en un pecadillo de juventud, unos botijas atolondrados que
pensaban que la revolución estaba a la
vuelta de la esquina.
También el relato
de que la insurgencia tupamara, tuvo que ver con la defensa de la Democracia;
es cierto que las amenazas de golpe de estado siempre estuvieron en el
horizonte uruguayo al menos desde 1958.
Pero es mucho más
cierto, escrito negro sobre blanco en documentos, que la Democracia a la que se
referían desde el CHE hasta los revolucionarios uruguayos, no era la democracia
de los años 60, una democracia que oficiaba, igual que ahora, como la Dictadura
del Capital.
Los peludos de la caña de azúcar, exigían
mejores condiciones laborales y de sus salarios, al tiempo que entendían que
solo una reforma agraria, un cambio
profundo de las estructuras, era el horizonte por el cual emanciparse.
Las huelgas que
llevaron a la desaparición, a la muerte, al exilio y a la cárcel a cientos de
militantes comunistas que lideraban el movimiento sindical uruguayo, perseguían
la acumulación política de un horizonte insurreccional.
Ciertamente, todo
esto en el marco de un escenario internacional que bullía en la lucha por
transformaciones profundas, y donde los debates se centraban en si el camino
era el Foco o la insurrección producto de una huelga general, si la vía era la
armada o la electoral.
Por eso entonces
la mirada sobre las actuales condiciones y la peripecia de los dirigentes, debe
ser la conclusión de la película, y no desde el afiche sin historia, pegado en
el muro, que a modo de marquesina de espectáculo de atracciones, el candidato nos mira sonriente, y como en el
tango, con la vergüenza de haber sido, y
el dolor de ya no ser.
Un Poder, se balanceaba…
¿El Poder Burgués
se mantiene centralizado, o se ha diversificado en una suerte de estructura
federada, que permite su sobrevivencia ante la pérdida de algunos espacios?
En principio
parece claro que el Poder oligárquico se mantiene atrincherado en la economía,
y sus representaciones empresariales financieras, concentran mayor capacidad de
decisión que partidos políticos y mandos militares, y aún por encima de ellos.
Desde ese lugar,
de apariencia apolítica y civil, sobra margen para ejercer el poder,
permitiendo que organizaciones políticas contrarias a sus intereses en lo
programático, jueguen a ser gobierno,
cuando no, administrar mejor el capitalismo.
Dueños de las
principales rutas del comercio, de las decisiones del Mercado, de los sistemas
financieros, de los grandes medios y tecnologías de la comunicación, de la
gestión del conocimiento en el campo científico, militar y de la salud, son los
titiriteros que manejan los hilos de
las democracias más o menos formales.
Adaptan su relato
a los gobiernos progresistas que logran, involuntariamente, una desacumulación
en el campo de las ideas transformadoras: las medidas de distribución del
ingreso y la riqueza, castradas de un discurso que exponga la estructura del
sistema capitalista, es una suerte de davida que no convoca a la movilización y
a la organización, y la mayoría de las veces, el único impacto palpable de esa
distribución, es un acceso al consumismo de los sectores populares.
Promueven la
inestabilidad laboral y van sembrando, otorgando, distribuyendo, espacios de
poder autónomo, que son los ladrillos de
la obra imperial.
El 1% más rico de
todo el planeta, y los unos por ciento más rico en cada país, se encuentran en
el centro de un laberinto, al que resulta difícil acceder, y para llegar hay
que ir como caminando sobre campos minados.
Entonces quizás,
una estrategia de acumulación pase por ir disputando los espacios de poder
descentralizados, en una lucha que despojada del metafísico Determinismo
Histórico, sabrá de derrotas y victorias.
Uno, dos, tres Vietnam…
El Che había
concluido que la derrota del imperialismo no dependería de una gran
confrontación generalizada para la que no había condiciones, aun con la
existencia del Socialismo del Este y China, sino que había que combatirlo palmo
a palmo, derrotando los gobiernos colonizados del tercer mundo.
Posiblemente
sobrevaloró, a la luz de la revolución cubana, las posibilidades reales, pero,
heredó con su ejemplo, una estatura ética de la lucha, tan devaluada por éstos
días.
Raúl Sendic había
empezado a jerarquizar el desarrollo de experiencias autónomas, que fueran
construyendo una suerte de Poder Popular, no necesariamente en el esquema del
desarrollo de zonas liberadas
territorialmente, como Marquetalia en Colombia, pero sí de la economía global.
Probablemente el
Estado Comunal al que avanzaba el Chavismo, forma parte de ese horizonte, al
que otros pueblos iban ensayando, las empresas gestionadas por los
trabajadores, las asociaciones productivas como el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, las comunidades
zapatistas y otras formas organizativas que desarrollan nuevos espacios de
participación política, económica, social y territorial, prescindiendo de la
lógica burguesa.
El camino a desandar sigue allí, con mas baches y en peores condiciones de transitabilidad; en su recorrido habrá avances y retrocesos, paradas obligatorias y algún que otro despiste, pero hacerlo es a ésta altura, un lucha por la sobrevivencia de la especie humana.
Nunca tan vigente como antes: Socialismo o Barbarie.
.jpg)